Monday, August 20, 2018
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Por primera vez en la historia de Colombia, un país marcado por una tormentosa vida de violencias cruzadas, ya no es la guerrilla la que obliga al diseño de una estrategia política. Ninguno de los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta hacen parte de esas colectividades.

 

 

El candidato izquierdista a la Presidencia de Colombia
El candidato izquierdista a la Presidencia de Colombia, Gustavo Petro (izq.) y el candidato del partido uribista Centro Democrático, Iván Duque. EFE
MIAMI.- Desde 1982, las elecciones en Colombia habían estado marcadas por la intensidad de su larvado conflicto armado.

 

Cada presidente desde entonces tenía que llegar con una propuesta de paz y otra de guerra. Hace 36 años Belisario Betancur sorprendió al país (y al estamento militar) con la idea de que había que dialogar con la subversión, sobre todo con uno de los grupos que en ese momento había logrado golpear, desde el punto de vista militar y político, al establecimiento liberal-conservador: el M-19.

Durante los cuatro años del gobierno de Betancur, las FARC estuvieron en tregua, al tiempo que el M-19 diseñó una caótica estrategia de diálogo y presión armada –aprovechada muy bien por el gobierno y poco entendida por los generales– que condujo a la tragedia de la toma por ese grupo sedicioso del Palacio de Justicia, en noviembre de 1985.

Ahí se selló la derrota política y militar de ese movimiento (nacido como respuesta al fraude electoral sucedido en 1970) que cuatro años después entregaría sus armas y seguiría el rumbo de la vida civil. En todo ese proceso, como militante raso, estuvo Gustavo Petro quien este domingo hizo historia al pasar a la segunda vuelta presidencial a nombre de un movimiento de izquierda.

Por primera vez en la historia de ese país marcado por una tormentosa vida de violencias cruzadas, ya no es la guerrilla la que obliga al diseño de una estrategia política, como les sucedió a César Gaviria, Andrés Pastrana, Álvaro Uribe o Juan Manuel Santos, para nombrar sólo a los más recientes.

El pasado 27 de mayo, además, se pudo confirmar dos cosas: los efectos positivos del proceso de paz (las elecciones más tranquilas en 20 años, sin la perturbadora presencia de las FARC) y, al mismo tiempo, la falta de legitimidad del mismo en un amplio sector de la población.

Humberto de la Calle Lombana, quien fuera el jefe negociador en La Habana a nombre del gobierno de Santos con las huestes de Timochenko, obtuvo apenas 399.180 votos, a nombre del Partido Liberal. El 1.9% del total de la votación.

Algo increíble para un partido que marcó, al igual que el Conservador, la tumultuosa historia del siglo XX en Colombia.

Ninguno de los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta hacen parte de esas colectividades, a pesar de que el mentor de Duque (Uribe) no sólo fue dirigente liberal, sino por mucho tiempo militante del Poder Popular, movimiento fundado por Ernesto Samper, quien tuvo una presidencia marcada por el escándalo del llamado proceso 8.000, en el que se pudo demostrar que a la campaña de Samper entraron dineros del narcotráfico, en concreto del Cartel de Cali.

Defectos y vacíos

A pesar de que nominalmente esas agrupaciones mencionadas ya no tienen la hegemonía política, sí es cierto que movimientos como Cambio Radical, Partido de la U y el Centro Democrático vienen de la cantera liberal o conservadora, y mantienen un poder decisivo en la geografía política del país, como se demostró en las elecciones parlamentarias del pasado 11 de marzo.

Los verdes –el partido de Sergio Fajardo– el Polo Democrático, la FARC (fuerza alternativa revolucionaria del común, el nombre político de la antigua guerrilla) y MAIS lograron posiciones importantes en Cámara y Senado, pero a gran distancia de la “derecha”.

Como lo vivió Santos en carne propia, nada se puede dar por descontado en el congreso colombiano. El hecho de que desde el punto de vista ideológico haya afinidades con Duque no significa que de inmediato tenga la gobernabilidad garantizada. De igual manera le sucedería a Petro quien para cualquiera de sus propuestas tendría que contar con la aprobación de Cámara y Senado, en principio adversos a sus tesis políticas.

Que la participación electoral haya estado por encima del 50% significa que la democracia colombiana, a pesar de sus defectos y vacíos, logra una nueva legitimidad. No se puede olvidar que en medio de las decenas de debates políticos que hubo por televisión y radio, también estuvo presente lo que aún tiñe de rojo la lucha por el poder en Colombia: el asesinato sistemático de líderes sociales, sobre todo activistas de derechos humanos, sindicalistas y militantes de la izquierda.

Al mismo tiempo, estas elecciones generaron una buena noticia: ya no es ley inapelable del sistema político colombiano que quien tiene la maquinaria, es decir, la compra y venta de votos, la promesa de contratos con el estado, la llamada “mermelada”, gana las elecciones.

Germán Vargas Lleras, quien hizo alianzas con los llamados “caciques electorales” en las regiones, obtuvo apenas el 6.6% de la votación. La costa atlántica, bastión histórico de las prácticas clientelistas, no funcionó como en el pasado: Córdoba, Sucre, Atlántico y Guajira le dieron la victoria a Petro.

Los odios

Los tres dirigentes más importantes del movimiento de Sergio Fajardo, no tienen buenas relaciones ni políticas ni personales con Petro.

Antonio Navarro, excompañero de armas en el M-19 y después en el Polo Democrático, se apresuró a firmar, en un tuit, que el triunfo del líder de la Colombia Humana no era histórico. Que la AD-M-19 (la alianza que lideró la guerrilla desmovilizada para llegar a la Asamblea Constituyente de 1991) obtuvo el 27.2% de la votación, es decir, dos puntos porcentuales más que Petro.

Jorge Robledo, senador del Polo Democrático, y la cuarta votación más alta en las parlamentarias (las más alta fue la del senador Alvaro Uribe), ha tenido enfrentamientos serios con Petro. Igual sucede con el exalcalde de Bogotá, Antanas Mockus, quien obtuvo la tercera votación más alta en las elecciones del 11 de marzo, y quien hace cuatro años fue el protagonista de una “ola verde” a la cual no se quiso montar Petro.

Es altamente probable, por lo tanto, que Fajardo deje en libertad a sus seguidores para que voten a conciencia el próximo 17 de junio. Es decir, la clásica fórmula para no declarar su apoyo a ninguna de las candidaturas. Navarro ya anunció que votará en la segunda vuelta, pero no dijo por quién.

La vicepresidenta

Fajardo siempre se ha rodeado de dirigentes de izquierda, a pesar de que él, en lo personal, ha querido mantener un difícil equilibrio político. Lo hizo durante las dos presidencias de Uribe, las cuales se dieron al mismo tiempo en que el candidato de la Alianza Colombia fue alcalde de Medellín y gobernador de Antioquia. Su frase de combate en ese entonces fue “no estoy ni a favor ni en contra de Uribe”.

También es probable que un alto porcentaje del electorado del exprofesor universitario de matemáticas vaya a las toldas petristas, pero en Bogotá que es, al mismo tiempo, fortín y talón de Aquiles de Petro, es probable que muchos de los que votaron por Fajardo se desplacen hacia las toldas de Duque.

Los dos candidatos tendrán que conquistar un porcentaje de votantes que en la capital y en otros tantos departamentos (Meta, Tolima, Cundinamarca, Valle del Cauca, Casanare, Antioquia, Santanderes) sienten que sin Fajardo en la contienda podrían inclinarse por Duque, otros por Petro y habrá los que esperen a cómo se desenvuelve este último tramo de campaña.

Un punto que podría jugar a favor de Petro es que su fórmula a la vicepresidencia, Angela María Robledo, es del mismo partido de Fajardo y Mockus, y ella podría tender algunos puentes de comunicación.

Por lo tanto, estas semanas serán marcadas por una pelea muy intensa por el centro del espectro político. ¿Quién tendrá la mayor credibilidad para dar ese viraje?

Ahí se definirá esta elección que, por el lado de Duque, tendrá el músculo financiero y el apoyo de todos los factores de poder en Colombia. Y en el campo de Petro, contará con unas capas medias y populares que sienten que puede haber una posibilidad de superar tantos años de guerra y de exclusión social.

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